Mircea Cartarescu: “Escribo sin editar, sin cambiar de orden los capítulos, sin tachar palabras”
Autor de culto, precoz poeta, expansivo narrador. El creador de “Solenoide”, “Theodoros” y otros universos de monstruosa belleza alista su llegada al Hay Festival Arequipa, del 5 a...
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- “Good Boy”: película de terror sobrenaturalExtraterrestres, los de antesTras ser anunciado como el invitado principal del Hay Festival Arequipa del año pasado, el rumano Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) tuvo que cancelar de forma imprevista su visita y dejó un sinsabor entre sus lectores.
- Llega con una bibliografía amplia y exuberante, con estatus de escritor de culto, y con la etiqueta de candidato al Nobel de Literatura desde hace ya varios años.
Llega con una bibliografía amplia y exuberante, con estatus de escritor de culto, y con la etiqueta de candidato al Nobel de Literatura desde hace ya varios años. Un galardón que, da la impresión, tarde o temprano tendrá entre sus manos. Pero más allá de esos pronósticos y especulaciones, Cartarescu atiende la llamada vía Zoom con gesto amable y gran disposición a la plática. Lo que sigue es una versión resumida y editada de dicho diálogo.— Quiero empezar hablando sobre “Theodoros”, su libro más reciente.
Al ser, de alguna manera, un libro que incluye ficción histórica, ¿necesitó más investigación que en sus libros anteriores? Sí, fue más o menos lo mismo. No investigué demasiado. Por supuesto que no sabía nada o muy poco sobre Etiopía, así que tuve que leer algunas cosas en Internet: averiguar qué comía y bebía la gente, cómo se vestía, cómo le rezaba a su Dios en el siglo XIX. Pero no fue demasiada investigación, porque hay un secreto entre los autores que intentan escribir novelas históricas: no tienen que saberlo todo sobre el periodo.
Medidas adoptadas y próximos pasos
Medidas adoptadas y próximos pasos
Basta con conocer algunos datos esenciales y muy interesantes. Si tienes dos o tres puntos fijos, defines todo un plan histórico. Es como en los cuadros de Rembrandt, donde brillan muy pocos puntos de luz y el resto permanece en la sombra. Ocurre lo mismo con las buenas novelas históricas. Ahora bien, “Theodoros” no es estrictamente una novela histórica, sino una novela fantástica, una novela de la imaginación. Solo utilicé el trasfondo histórico como una especie de broma, como un juego, diría yo. No traté de reconstruir épocas, sino de hacer algo hermoso e interesante para cada lector.
Eso era lo que tenía en mente.— También es una novela que viaja mucho más. En otras, los personajes parecían atrapados dentro de un espacio, como Bucarest, por ejemplo. ¿Qué tan diferente fue escribir de esa manera?Necesitaba mucho espacio y tiempo para este libro porque tenía que imaginar cinco o seis mundos diferentes que abarcan una escala temporal muy amplia: desde la época de la Biblia, los tiempos del rey Salomón y la reina de Saba, hasta el futuro, porque la novela termina dentro de 15 años después de nuestra actualidad.
Yo quería hacer lo que se denomina una “novela total”, que cubriera cada aspecto de la vida humana. Una novela, como suele decirse, más grande que la vida misma. Y para ello necesitaba un personaje muy fuerte, que fuera capaz de evolucionar libremente por muchos mundos. Primero en Valaquia, que es una tierra de nieve eterna. Luego en el archipiélago griego, donde se convierte en pirata. Después en Etiopía, donde Thedoros fue uno de los señores de la guerra en el siglo XIX. Y hasta cumplir luego su gran sueño de convertirse en emperador de Abisinia.
Pero todo este fondo histórico fue para mí un pretexto para superar los límites de mi arte. Buscaba que “Theodoros” fuera, como la mayoría de mis libros, una obra de arte; o, como decía Byron, “una cosa bella”. He trabajado toda una vertiente en ese sentido, empezando por mi poesía y principalmente en mi extenso poema épico titulado “El Levante”, que también publicó en español Impedimenta. Fue inicialmente un poema de 7000 versos, 7000 alejandrinos que abarcaban, como “Theodoros”, muchos mundos diferentes. Diría que es mi lado más oriental.
Como sabes, los rumanos vivimos en una encrucijada entre Occidente y Oriente. Somos occidentales u orientales a partes iguales, y ese lado mío tenía que expresarse de alguna manera. Así que en “Theodoros” elegí este tipo de novela picaresca, centrada en un personaje especial que es, al mismo tiempo, un arquetipo y la encarnación de la tiranía, del poder, del desastre, de una voluntad demoníaca que no se detiene en la Tierra, sino que quiere ocupar el lugar de Dios. El libro lo escribí a lo largo de dos años, con la misma facilidad con la que escribí todos mis otros libros:
sin editar, sin cambiar el orden de los capítulos, sin tachar palabras. Es mi forma habitual de escribir y me produce una gran alegría, porque de lo contrario no me sentiría sorprendido. Lo que yo más necesito como escritor es sorprenderme con mis propias frases, con mis propias palabras, con las imágenes que creo página tras página. Si supiera desde el principio lo que voy a escribir en el primer capítulo, en el segundo, en el tercero, ¿dónde quedaría la sorpresa? Prefiero ser muy espontáneo y recurrir a una especie de inspiración continua en lo que hago.
Como un poeta, no como un prosista, que escribe un poema larguísimo.— El Kebra Nagast es muy importante en “Theodoros”, y los Evangelios se mencionan en “Solenoide”. ¿Qué encuentra de atractivo en este tipo de libros considerados sagrados?Para mí no son sagrados: son obras literarias excepcionales. Si alguien me preguntara qué libro me llevaría a una isla desierta, diría que la Biblia, y no por la fe, sino por su enorme calidad literaria. La Biblia no es solo un libro de revelación religiosa y filosófica, sino que también es la mayor novela jamás escrita y una colección fantástica de poesía.
Piensa en el Libro de Job, en el Libro de Rut o en el Cantar de los Cantares. Eso fue lo que me atrajo, no solo de la Biblia, sino de todos los libros sapienciales, empezando por el Bhagavad-gita, el Libro de los muertos egipcio y todos los grandes libros de la humanidad. Y uno de ellos es el Kebra Nagast, del que hablabas. Fue un gran descubrimiento para mí. Lo descubrí por casualidad, cuando se tradujo al rumano. Empecé a leerlo y me di cuenta de que es una especie de copia de la Biblia con muchísimas cosas añadidas, escenografía y demás.
Por ejemplo, en la Biblia no aparece nada sobre la historia de amor entre el rey Salomón y la reina de Saba. Ella va a Jerusalén a conocer a Salomón y luego regresa sin que ocurra ningún romance entre ellos. Pero el Kebra Nagast cuenta una historia completamente diferente, con detalles exquisitos y un marco maravilloso. Así que no solo ahí, sino en muchas otras páginas, es pura poesía oriental, por eso me encantó. Lo utilicé extensamente en “Theodoros”. Y luego ocurrió algo muy extraño: el libro, que se había publicado en rumano, no había tenido ningún éxito hasta que salió el mío.
No vendía nada. Pero después de que mi novela lo utilizara tanto, empezó a venderse muchísimo. Como ocurrió con la “Odisea” tras la película de Nolan. Fue algo muy especial.— Recuerdo que en “Solenoide” definía a Bucarest como la ciudad más triste del mundo. En “Moby Dick”, Melville describía a Lima con las mismas palabras. ¿Qué cree que hace que una ciudad sea tan triste? Bueno, en mi opinión, las ciudades no son ni alegres ni tristes, ni bellas ni feas. Son agrupaciones humanas, enormes hormigueros. Y quienes les dan belleza o fealdad, tristeza o alegría, son los escritores.
Bucarest como ciudad real no tiene nada que ver con mis libros. Yo inventé mi Bucarest, igual que Dostoievski inventó San Petersburgo, igual que Borges inventó Buenos Aires o Vargas Llosa inventó Lima. Es algo totalmente diferente de la realidad porque la literatura no es la realidad: todo en ella es ficción. Por eso diría que no existen las novelas realistas: todas las novelas son fantásticas porque son ficción. Italo Calvino tiene un libro sobre más de 50 ciudades imaginarias [“Las ciudades invisibles”] y en esa línea yo quería inventar una ciudad.
Bucarest, tal como la encuentras en “Solenoide” o en mi trilogía “Cegador”, es una invención mía. Cuando necesité que fuera espléndida, como en mis poemas, fue espléndida. Cuando necesité que fuera triste, como en “Solenoide”, fue triste. En “Cegador”, en cambio, Bucarest está llena de vida, es fantástica, es una especie de alter ego mío. Y en el libro que estoy escribiendo ahora mismo es diferente a las otras Bucarest que he utilizado. Bucarest es para mí un estado de ánimo y un rasgo literario o estilístico.
Necesito Bucarest para expresar algo, para expresar mis sentimientos, el ánimo que tengo al escribir un libro.— Sé que está al tanto de que existe una banda peruana que se llama Solenoide y que tiene una canción titulada “Cartarescu”.Por supuesto que lo sé. Son mis amigos. Hablamos por Facebook todo el tiempo y son gente encantadora, Laura [Rosales] y los demás chicos. Me muero de ganas de conocerlos. Por desgracia, no tengo mucho tiempo porque solo voy a estar un día en Lima cuando vaya a Perú en noviembre.
Pero me reuniré con ellos al menos para tomar un café y conocernos.— ¿Y cómo le hace sentir eso? ¿Cree que un escritor como usted pueda encajar en la categoría de “estrella pop”?Yo soy una persona muy abierta. No me considero el típico escritor convencional, que se pasa todo el tiempo leyendo libros, hablando de libros y haciendo lo que hacen los escritores “serios”. No, a mí me encanta hacer todo tipo de cosas. Por ejemplo, los videojuegos; juego en línea con mi hijo, que tiene 23 años. Somos muy aficionados a “Borderlands”, que es un ‘shooter’ muy divertido.
Y, por supuesto, me encanta escuchar música. Estoy muy al tanto de las bandas de rock, sobre todo de las más famosas del rock clásico como Pink Floyd, Led Zeppelin, The Beatles, Black Sabbath y también algunas más recientes. Escucho música clásica, rock, pop, de todo. Me encanta.— He visto fotos suyas en Colombia o México con lectores pidiéndole autógrafos y ‘selfies’. ¿Le sorprende que sus lectores latinoamericanos sean tan apasionados, casi como fans? ¿O le pasa también en otros lugares?Pasa en muchos lugares, pero Latinoamérica es especial para mí. Te lo digo de forma objetiva:
los mejores lectores del mundo son los latinoamericanos: no solo porque leen mucho, sino porque leen con entusiasmo. Europa tiene una postura más acomodada o aburguesada. Podrías publicar la “Divina comedia” ahora y a nadie le importaría. Pero aquí en Latinoamérica la gente lee como leíamos nosotros cuando éramos adolescentes: con un entusiasmo fantástico. Recuerdo cuando leí a algunos de sus escritores peruanos. El primer caso que me viene a la cabeza es Manuel Scorza. Lo tradujeron en los años 80 al rumano y recuerdo con qué alegría y asombro leí “Historia de Garabombo, el invisible”.
Y luego leí a Bryce Echenique, a Vargas Llosa, a César Vallejo y a otros muchos escritores peruanos que me encantan. También hay otras explicaciones para mi relativa popularidad en Latinoamérica: por ejemplo, que Rumanía es muy similar a los países latinoamericanos. Es una democracia joven, con una lengua de origen latino como la suya, con el mismo carácter, y con una historia en cierto modo triste: tuvimos tres dictaduras fascistas y una comunista en el siglo XX. La gente también es muy parecida, me siento como en casa cada vez que voy a Latinoamérica.
Hace dos semanas volví de Medellín y estoy seguro de que sentiré lo mismo en el Perú. — Intuyo, además, que una gran responsable de su éxito en Latinoamérica es su traductora al español, Marian Ochoa de Eribe. ¿Cómo describiría la relación que tiene con sus traductores? ¿Les da libertad en su trabajo o suele supervisar cómo abordan sus libros?Es una muy buena pregunta. Primero tengo que decir que no solo se lo debo a Marian, sino también a mi editor en España y director de Impedimenta, Enrique Redel. Ambos han contribuido enormemente a mi popularidad en el mundo hispanohablante.
Sin ellos, yo no sería nada. Somos una especie de triángulo: viajamos juntos todo el tiempo, pensamos juntos los libros, etc. Marian es una traductora fantástica, confío muchísimo en ella. Yo nunca interfiero en lo que ella hace. No me interesa corregirla ni mantener correspondencia sobre esos detalles porque sé que es perfecta, sé que es la mejor. Solo trabajo con los mejores: son como un club de 15 o 20 traductores a diferentes idiomas. La mayoría ha ganado grandes premios por traducir mis libros y estamos muy contentos por ello.
Pero es cierto, no soy esa clase de escritor pesado que se entromete en el trabajo ajeno. Traducir es su trabajo y yo lo respeto.— En “El ojo castaño de nuestro amor” usted incluye un texto que me gusta mucho sobre Nabokov y “Lolita”, un libro que siempre se enfrenta a la controversia, con sugerencias de censura o pedidos de advertencia para los lectores. ¿Qué piensa al respecto?Bueno, no es el único caso. Muchos escritores en el pasado asumieron riesgos para no traicionar su visión del arte, de la literatura o de lo que querían hacer. Por supuesto, “Lolita” es un libro espléndido.
Una especie de enorme cinta de Moebius hecha de palabras. Pero para la sensibilidad de nuestro tiempo, tengo que aceptar que resulta un poco incómoda. Incómoda por el tema que eligió. Y no es su único libro así: “Ada o el ardor”, su última novela, tiene el mismo problema. Pero ese mismo problema se encuentra en Salinger y en otros muchos autores. Yo no juzgo a nadie. En lo que a mí respecta, no me atraen los temas polémicos, no soy un escritor al que le guste el escándalo. Intento abstenerme de temas que no son agradables para mucha gente.
Eso no significa que no cruzaría ciertas líneas si sintiera que es bueno para mis fines estéticos, pero es algo que no ha ocurrido hasta ahora. Thomas Pynchon tiene un libro titulado “Un lento aprendizaje”, en el que dice que se avergüenza de algunas páginas que escribió en su juventud, donde era un poco sexista, un poco racista, etc., y que se arrepentía de ello. Eso me gustó mucho. Creo que, de alguna manera, un escritor debe ser decente.— Por cierto, Nabokov tenía una obsesión con las mariposas y Kafka soñaba con transformarse en un insecto.
Usted también parece tener una obsesión con las mariposas e insectos en varios de sus libros. ¿Qué hace a estas criaturas tan literarias?Para mí son fascinantes no solo para la literatura o el arte en general, sino por la vida en general. Son pequeños autómatas. Seres, hasta donde sabemos, sin motivaciones, sin sentimientos, sin todo aquello que “humaniza” a los demás animales. Como espléndidos robots. Y eso es lo que me fascina: que sean animales sin ser animales, porque no tienen ánima.
Algunos, como la mariposa, son interesantes no solo por ser criaturas espléndidas, sino por su metamorfosis. Yo estoy seguro de que los humanos recibimos la idea de la inmortalidad de la mariposa: nuestros antepasados vieron que una mariposa es primero una oruga. Y la oruga se arrastra por la Tierra como lo hacemos todos nosotros: nos arrastramos por la superficie del planeta en el que nacimos. Y luego se encierra en la crisálida como nosotros al final de nuestras vidas terminamos encerrados en un ataúd.
Al ver que de esa crisálida emerge una maravillosa criatura alada, albergamos la esperanza de hacer lo mismo: nos encerramos en nuestro ataúd, pero tenemos la esperanza de resucitar, como ángeles, como seres superiores. Yo usé el símbolo de la mariposa principalmente en “Cegador”. Y en “Solenoide” cambié a seres aún más fascinantes: los ácaros, que son como los insectos de los insectos. En el libro que estoy escribiendo ahora, el insecto que está en el centro de todo es la avispa. Últimamente he estado obsesionado con ellas.
Espero que mi avispa sea apreciada por los lectores.— Sé que ha publicado un libro de poesía recientemente, que aún no se ha traducido al español. Y que lo escribió tras una depresión durante la pandemia. ¿De qué manera el dolor o la tristeza pueden inspirarlo?Cuando tenía 30 años, yo ya había escrito ocho libros de poesía. Por aquel entonces se me consideraba poeta. Pero en un momento dado pensé que ya era suficiente. No quería convertirme en un poeta viejo con 30 libros publicados, repitiéndome todo el tiempo, como hacen muchos poetas.
De lo que había escrito, elegí 100 poemas. Eran poemas breves. Por lo general escribo poemas muy largos, pero esa vez escribí poemas cortos. A diferencia de todo lo que había hecho antes, a esta la definiría como una “poesía pobre”: sin adorno alguno, sin metáforas, sin nada poético. Era solo dolor. Todos y cada uno de los poemas expresaban un dolor insoportable. Y a veces pienso que están entre lo mejor de mi humilde obra, porque nunca expresé tal intensidad y sufrimiento como en ese libro de poesía, que se titula “Nunca pidas ayuda”.
Es un libro que solo ha sido traducido al húngaro.— ¿Y se va a traducir a otros idiomas?No lo sé. No lo he ofrecido para ser traducido. El único caso fue el de ese amigo húngaro, que me pidió que aceptara publicarlo en su idioma. Pero yo soy bastante tímido. No me gusta ser insistente. No me gusta enviar mis libros a todas partes. Nunca he tenido agente, solo tengo una editorial que me ayuda, Paul Zsolnay Verlag, que posee los derechos mundiales de la mayoría de mis libros.
Tal vez en algún momento les pida que intenten vender este libro también en el extranjero, pero no lo he decidido aún.— Me gustan mucho los diarios de escritores: Kafka, Pavese, Piglia, Ribeyro… Y sé que usted ha mantenido un diario durante años. ¿Se animaría a publicarlo?Sí, a mí también me gustan mucho los diarios. Trato de leer todos los que encuentro. Soy un gran admirador del diario de Kafka, del de Virginia Woolf y de muchos otros. Y también he escrito un diario desde que era adolescente. Empecé en setiembre de 1973, cuando tenía 17 años, y nunca lo he dejado.
Así que mi diario tiene ya 52 años. En un momento dado, sí empecé a publicarlo y hasta ahora han aparecido en rumano cinco entregas muy grandes, unas 2500 páginas en total. A la fecha, solo se ha traducido al sueco y al catalán. Pero Enrique Redel, mi editor, también quiere publicar una parte en español en el futuro. Para mí el diario es una parte esencial de mi obra. Es como el tronco de mi árbol, y de él emergen todas las ramas, que son mis libros. Todos mis libros tienen sus raíces en mi diario. Es como mi segunda piel, una especie de piel escritural.
Por ejemplo, en él he anotado todos los sueños que he tenido en 52 años, o por lo menos los que recordaba. Deben de haber unos 1000 sueños. Y todos los libros que he leído están comentados de alguna manera en el diario. Todos los pensamientos que tengo, todos los libros que he escrito, los he debatido conmigo mismo en ese diario. Es una suerte de entrevista larguísima que me he hecho a mí mismo a lo largo de toda mi vida.— El cuerpo es otro aspecto muy importante en sus libros…Sí, la biología es otra de mis aficiones.
Alcances de la norma y disposiciones oficiales
Leo mucho sobre este campo, sobre todo la biología del cerebro, que es la que más me obsesiona: la relación entre el cerebro y la conciencia, cosas por el estilo. Al igual que los insectos de los que hablábamos, el cuerpo humano, los tejidos biológicos, son también fascinantes. Son construcciones muy complejas que se acoplan de una manera especial y perfecta. Y creo también que todo es importante en nuestro cuerpo.
Alcances de la norma y disposiciones oficiales
Habrá gente que dirá “bueno, nuestro meñique no es tan importante”, pero nadie aceptaría que se lo cortaran, porque aunque el meñique no parezca muy importante, forma parte del esquema de nuestro cuerpo. Pasa lo mismo cuando la gente me pregunta si creo que todos mis libros son importantes. Tal vez no lo sean para los lectores, pero para mí todos son igual de importantes. Algunos son libros mayores, como los órganos principales que tenemos (el cerebro, el corazón, sin los cuales estaríamos muertos).
Pero hay otros que parecen poco importantes y que aún así son parte clave de la obra que he construido.— ¿Y qué hay de la sexualidad? Siempre he pensado que es un tema complicado para muchos escritores al momento de evitar el cliché, el tabú o lo cursi. ¿Cómo lo aborda?La sexualidad adulta y “normal” no me interesa mucho por lo general. Hablando en términos generales, los adultos no me interesan demasiado. Me interesan mucho más los niños y los adolescentes.
Creo que el libro más importante en el que exploré la sexualidad es “Travesti” (“Lulu” en su traducción al español), una novela corta que escribí cuando era muy joven y que habla de las turbulencias de la adolescencia antes de encontrar un camino en su sexualidad. Al principio esa sexualidad es difusa, los adolescentes están confundidos. Pero luego aparecen chicos que se enamoran de chicos, y chicas que se enamoran de chicas. Eso es algo que me parece fascinante porque es una suerte de imaginación fantástica.
Tzvetan Todorov, el gran teórico de la novela fantástica, decía que hay dos temas dentro de lo fantástico: la fantasía del “yo” y la fantasía del otro. Por eso la transexualidad, la homosexualidad, y cualquier tipo de sexualidad que sea “diferente” nos resulta fascinante y a la vez fantástica. Los homosexuales o transexuales nos resultan más interesantes que la gente “común” haciendo cosas comunes. Y creo que eso es algo bueno para la literatura. “Travesti”, al principio, fue considerado un libro gay. Recuerdo que la primera reseña italiana se titulaba “Travesti:
una piccola Bibbia gay” (“una pequeña Biblia gay”). Incluso recibí la oferta de una productora para hacer una película sobre la novela, que lamentablemente tuve que rechazar. Les expliqué que tengo mucho respeto por las comunidades LGTB, pero da la casualidad de que no soy gay. No me sentía un representante. A partir de entonces, todas las ofertas cesaron.— Por cierto, ¿alguno de sus libros ha sido adaptado al cine?No, hasta ahora no hay ninguna adaptación de mis historias, lo cual me resulta bastante extraño porque creo que algunas encajarían muy bien en la forma de una película.
Pero no he recibido ofertas. Sí hubo una obra de teatro realizada en los años 90 por un famoso director de teatro rumano basada en “El Levante”. Fue una obra espléndida.— En “Solenoide”, usted escribe algo así como que cada libro necesita la ausencia de una de las dos partes, el escritor o el lector. Lo que me lleva a preguntarle sobre su relación con sus lectores. ¿Cómo la describiría?Hay cosas que consideramos separadas, pero que en realidad están mezcladas. Una de ellas es el proceso de escribir y el proceso de leer. No hay tal separación.
Un escritor es también un lector, el primer lector de su libro. Lee al mismo tiempo que escribe. Todas y cada una de las frases que escribes tienes que leerlas después para saber si suenan bien, o si suenan como pretendías. Ningún libro lo escribe una sola persona. Un escritor necesita un lector que lo entienda, que tenga la misma enciclopedia interior, como decía Umberto Eco, y que sea como una especie de hermano gemelo del escritor. Por eso yo no escribo para cualquiera: busco a mis hermanos o hermanas gemelos repartidos por todo el mundo. Cuando escribo, pienso en ellos.
Además, es muy fácil entender que si dos personas leen el mismo libro, en realidad leen dos libros diferentes, porque un libro es solo un código. ¿Cómo decirlo? Es un código abstracto que el lector llena con sus propios recuerdos, sentimientos, ideas, etc. Por ejemplo, si empiezas tu libro diciendo “era una hermosa noche”, el lector no tiene acceso a tu mente. Solo tiene un código y llena ese código con el recuerdo de alguna hermosa noche que experimentó en su vida. Por eso digo que el lector participa en el proceso de hacer el libro. Mucha gente me dice:
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Este reporte fue elaborado por la redacción de PeruAlDia mediante curaduría y síntesis periodística asistida, con información reportada originalmente por El Comercio .


